Historia de la misión

En Diciembre de 1958 los sacerdotes y hermanos de la Compañía de Jesús llegaron a Chiapas y comenzaron La Misión. Por aquellos años era obispo de la diócesis Don Lucio Torre Blanca. En 1960 inicia su servicio como obispo de la entonces Diócesis de Chiapas Don Samuel Ruíz García. En 1963 llegan las Hermanas Mínimas de María Inmaculada al poblado de Bachajón y con ellas se inicia la primera escuela primaria de toda la región. En 1968 las Hermanas del Divino Pastor llegan a Chilón. hodaaa

Los primeros misioneros y misioneras se encontraron una realidad difícil y cruel de opresión, ignorancia, alcoholismo, analfabetismo, explotación, esclavitud, etc.

La Misión, tratando de mejorar las condiciones de vida del pueblo tseltal, realizó obras como: la introducción del agua potable, alumbrado público, escuelas, catequesis, dispensario médico, proyectos agrícolas, inicio de la traducción de la Biblia al Tseltal y atención a la pastoral mestiza. Por estos años, mediante cursos impartidos en la cabecera de La Misión, se inició el movimiento catequético.

En este periodo se avanza en la estructuración del trabajo que realizaba La Misión, gracias a la evaluación de 1967-1968, las investigaciones sobre acción educativa y social, y a la llegada de las Hermanas del Divino Pastor quienes iniciaron el trabajo de promoción de la salud y de la mujer. Se dan respuestas a las necesidades más urgentes de la zona.

El trabajo quedó organizado por áreas. El área de evangelización se caracterizó por la formación de ermitas que favorecieron el fortalecimiento de las comunidades y fue este el inicio de la estructuración eclesial.

Se descentralizaron los cursos a catequistas y se impulsó la formación bíblica y el estudio de la lengua tseltal. Se realizaron las traducciones de la Biblia. En esta etapa tuvo una relevante importancia la inculturación en el pueblo tseltal.

En el área socio económica se iniciaron los proyectos de Fomento Cultural y Educativo y de CENAMI. Con ellos se formaron las cooperativas, talleres de carpintería, talabartería, hortalizas y escuelas rurales.

Se llevó a cabo la formación de promotores para el desarrollo de la comunidad, todo esto con la intención de lograr el desarrollo integral de la comunidad indígena.

Las comunidades indígenas, para estas fechas habían logrado ya una mejor organización en sus ermitas y en la doctrina semanal. Como consecuencia de este proceso, empezaron a demandar mayor atención sacramental en esta etapa: «Denos el Espíritu Santo», pidieron los catequistas y principales. Fue entonces que surgió el movimiento diaconal y se diversificaron los ministerios temporales (catequistas, coros, principales, presidentes, etc).

Fue este un periodo importante de mucho estudio y reflexión: antropología, historia, sociología, lingüística, teología, salud y la implementación del método participativo Tijwanej.

Una de las problemáticas más apremiantes de las comunidades en este periodo fue el despojo y acaparamiento de tierras que desembocó en la emigración hacia «Tierra Nacional» en la Selva Lacandona. Los tseltales fueron acompañados en este éxodo por los misioneros y las misioneras; se creó el proyecto del poblado «La Arena» por Fomento Educativo y Cultural Asociación Civil.

Como respuesta a esta realidad La Misión llevó a cabo la traducción de la Ley Agraria al tseltal. Promovió su estudio, asesoró la demanda de tierra de las comunidades, denunció su acaparamiento y las violaciones a los derechos humanos que cometían los finqueros contra los indígenas.

Por esos años se celebró en San Cristóbal de las Casas el Congreso Indígena, que inició el proceso de una mayor conciencia del pueblo indio y su derecho a existir como tal. Comienza un largo camino para darse cuenta de que la cultura india es una enorme riquera para el país. El Congreso unió las demandas propias de la zona con las de todo el Estado de Chiapas y del país, tomando conciencia de la compleja situación que viven los pueblos indios.

La Misión vivió un periodo de organización y reestructuración hacia el interior del equipo. En el aspecto social se presionó al gobierno para que implementara programas de salud, comercio y educación.

La comercialización del café estuvo controlada por el Instituto Mexicano del Café (IMECAFE) y fue un periodo fuerte en el que el gobierno promovió en la zona el uso de fertilizantes químicos. Muy pronto se verían los daños de esta práctica.

Paralelamente a los programas gubernamentales, La Misión trabajó en proyectos de hortalizas y fertilizantes orgánicos. Inició además un método participativo para aplicar la medicina alternativa.

 

En el trabajo pastoral hubo acontecimientos muy importantes para el fortalecimiento de la estructura eclesial: la ordenación de los primeros diáconos en Jet’ha; la reestructuración del área de Iglesia Autóctona para incluir a la mujer en el proceso, la formación de los catequistas se empezó a impartir mediante cursos interregionales. Cabe mencionar que estos acontecimientos son muy importantes en el fortalecimiento de la estructura eclesial, ya que constituyen un verdadero símbolo en el periodo post conciliar que vivimos.

En esta época hubo gran escasez de personal en el equipo. Entre 1988 y 1989 se reestructuró el trabajo para atender las áreas prioritarias a pesar de que los equipos estaban integrados por pocas personas.

La adaptación de los métodos pedagógicos a la cultura tomó especial relevancia en esta etapa, lo cual fortaleció la formación en todas las áreas de la Misión. En especial se fortaleció la estructura del diaconado permanente indígena mediante cursos al diácono y su esposa y a las parejas de Principales, quienes son los acompañantes de ellos. Por esta razón el currículo de la formación de los diáconos fue tomando mayor especificidad y especialización.

En 1992 se inicia el Centro de Derecho Indígenas A.C. (CEDIAC) quien atenderá las demandas sociales, económicas y políticas de la región.

Inicia en esta etapa el levantamiento por la Dignidad Indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Surge un contexto de guerra de baja intensidad (GBI) por parte del gobierno en contra de las comunidades indígenas simpatizantes con la causa Zapatista. Esto provocó la destrucción del tejido social y se complicó la realidad ya de por sí grave de la región y del estado, lo cual modificó de manera significativa las condiciones de vida de las comunidades. La Misión respondió a esta realidad acompañando a las comunidades en la resolución de conflictos desde sus propias formas de hacer justicia e impulsando la formación de figuras de reconciliación, con los cuales se fortalecieron los cargos civiles autóctonos, denominados jueces tseltales. Esta etapa fue muy importante para la consolidación de la Iglesia Autóctona.

Se elaboraron los edictos y el directorio de Pastoral Indígena, se fortaleció la formación de figuras y cargos tradicionales en lo eclesial. Se legisló el caminar consolidado de la diócesis y de La Misión.

Como parte del ataque continuo a las comunidades, a la diócesis y a las organizaciones sociales a través de los grupos paramilitares se vivió en la región durante varios años el control político y económico ejercido por los Chinchulines (grupo violento paramilitar). Como resultado de las denuncias que hizo La Misión sobre las violaciones que este grupo paramilitar cometía en contra de la población, el cinco de mayo de 1996, el poblado de Bachajón y La Misión fueron agredidos con la quema de casas y asesinatos. En este periodo aumentó la toma masiva de tierras, desde La Misión se dio seguimiento al proceso de regularización de tierras recuperadas a través del Centro de Derechos Indígenas A.C.

La Misión promovió los diálogos de paz entre el EZLN y el Gobierno Federal, que tuvieron como resultado «Los Acuerdos de San Andrés». Unió su trabajo al esfuerzo de muchos otros por reestructurar el Congreso Nacional Indígena (CNI). Desde el diálogo y la no violencia, La Misión ha querido responder a la realidad, acompañando al pueblo tseltal en su proceso de autodeterminación.

El escenario indígena en nuestro país y en el estado de Chiapas, plasma por un lado agriculturas de subsistencia y autoconsumo, donde la tierra progresivamente va dejando de producir lo suficiente para alimentar a las familias y por otro lado, pequeños núcleos rurales que conservan las tradiciones y fuerte identidad cultural. Estos pueblos, comunidades y ejidos indígenas hasta hace poco se han visto reconocidos.

Las demandas indígenas continúan sin solución, la carencia de bienes y servicios, de vivienda y de infraestructura, más la exclusión económica, social, cultural y política a que son sometidos los pueblos indígenas, da lugar a una franca desventaja frente al resto de la población nacional y vuelve pertinentes acciones, a partir de los sistemas normativos propios.

La situación de los pueblos indígenas a pesar de mostrar avances, mantiene un rezago que no ha sido atendido con suficiente voluntad política. Llevamos apenas una década con el reconocimiento de México como país pluricultural, medida que ha tenido muy pocas repercusiones prácticas y legislativas a nivel local y estatal.

Ante este escenario, nos planteamos como Misión poder ofrecer un servicio integral y que responda a estas amenazas globalizantes que están en completa oposición al ser de las comunidades y de los pueblos indígenas, partimos de todas las experiencias de servicio que se han dado en nuestro caminar.